"Aquí las edificaciones tienen más de 1.000 años o menos de 30. No hay otra". José no necesita levantar la vista del pescado frito que prepara para resumir en una frase el secreto de Cancún, una ciudad que fue levantada en poco más de tres décadas sobre las bellezas naturales yucatecas, no muy lejos de las principales ruinas arqueológicas mayas de Chichén Itzá.
Con un aeropuerto internacional y presencia ineludible en los folletos y guías de viajes en todos los idiomas, Cancún —ya recuperada del huracán que la azotó en 2005— es, además de la puerta de entrada hacia los caminos de la Riviera, un boom turístico en sí misma. Su impresionante Zona Hotelera es todo un símbolo, con cientos de hoteles, resorts, complejos y spa distribuidos a lo largo del boulevard Kukulcán.
El paisaje también ayuda: el núcleo hotelero de Cancún se asienta sobre una franja de arena y corales emergentes. De un lado se encuentran las aguas de la laguna Nichupté. Del otro, el mar Caribe baña las concurridas playas de Las Perlas, Linda, Langosta o Chac Mool, donde las palapas —puestos de playa techados de hojas de palma, como el de José— reciben a turistas sedientos después de un paseo en jet ski o de una caminata por la arena. Mientras tanto, los amantes del buceo y el snorkel se acercan a los muelles desde donde salen las embarcaciones rumbo a los paraísos coralinos de Isla Mujeres y Cozumel.
Luego del ocaso, la aventura gastronómica continúa en los restaurantes del boulevard Kukulcán o en las mismas palapas. La oferta incluye desde establecimientos dedicados a la cocina internacional hasta menús especializados en frutos de mar, con acompañamiento de música de mariachis. Los recién llegados pueden inaugurar su estadía en un buen lugar de comida yucateca. Ya desde las entradas, la sopa de lima con tortillas fritas y los huevos motuleños anticipan la sabrosa impronta de la gastronomía de esta región mexicana. El plato fuerte llega después, cuando se descubre, como si se abriera un regalo envuelto en hojas de plátano, el intenso aroma de una abundante porción de cochinita pibil (carne de cerdo con arroz, frijoles y chile).
En tanto, aunque sólo 68 km de carretera la separan de la febril actividad de Cancún, Playa del Carmen parece otro mundo. De algún modo, este tranquilo balneario se las ingenia para mantener la sofisticación de sus hoteles de lujo y la afluencia constante del turismo europeo sin perder la sencillez de sus orígenes como una simple aldea de pescadores.
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Así, mientras los turistas más inquietos incursionan en la oferta de actividades acuáticas —desde parasailing hasta las sesiones de buceo en las inmediaciones del Gran Arrecife Maya que bordea estas costas—, muchos prefieren ver pasar el día desde sus reposeras —quizás dos o tres visitas al mar turquesa y cristalino—, cerrar los ojos y disfrutar de la brisa a la sombra de un cocotero.
Desde las orillas privadas de la zona de hoteles "todo incluido" en Playacar, hasta las más céntricas con sus posadas algo más discretas, la consigna parece ser la misma en todo Playa del Carmen: el día transcurre cerca del mar.
La noche, en cambio, se traslada a la peatonal Quinta Avenida: allí, mientras los bares sacan sus mesas a la calle, los visitantes aprovechan para recorrer locales de ropa y artesanías antes de, por fin, sentarse a cenar a la luz de las velas.
Quienes buscan paisajes aún más tranquilos también cuentan con opciones dentro de la Riviera: entre Puerto Morelos y Playa del Carmen, las playas Del Secreto y Paraíso brindan la posibilidad de alojarse en cabañas, practicar buceo, mirar el atardecer desde el vaivén de una hamaca y compartir las orillas caribeñas con las tortugas marinas y los cangrejos que habitan el lugar.
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